Hace exactamente treinta y cinco años, Lillian White dio a luz al menor de sus hijos. Ayer, Lillian se arrodilló y besó el ataúd de ese hijo al pie de la tumba.

Darrin White se suicidó hace dos semanas en Prince George (Columbia Británica), después de que un juez le ordenase pagar a la mujer de la que se había separado una cantidad equivalente al doble de sus ingresos netos, en concepto de pensión alimenticia y compensatoria.

 

Con su muerte, se ha convertido en un patético símbolo del fracaso de los tribunales de familia, de un sistema de divorcio administrado por personas de mente cerrada, corazón de piedra y oídos sordos.

En la noche de ayer, los activistas celebraron a lo largo y ancho del país vigilias con velas en memoria de los hombres como Darrin. Durante su misa de funeral, el padre Leo Fernandez, de la Iglesia Católica Romana de San Agustín, pidió a los amigos de Darrin que prosiguiesen la lucha por la que él sucumbió.

Al igual que quienes completaron la última ópera de Puccini tras su muerte, el padre Fernandes invitó a las personas próximas a Darrin debían preguntarse a sí mismas: “¿Qué vamos a hacer ahora? Afortunadamente, quedan cosas por hacer. A vosotros, sus amigos, os corresponde llevar a término la tarea que él no pudo hacer. Si su sueño fue tratar de reequilibrar la balanza de la justicia en nuestro país, entonces haced eso en su nombre.” 

Darrin no era un hombre complicado. Le gustaban los paseos por el campo y las salidas en bicicleta. Leía libros sobre la naturaleza y amaba los animales. Era maquinista titulado y ganaba su vida conduciendo trenes, primero para Canadian National, después para Brithish Columbia.

Cuando su matrimonio se vino abajo en enero, Darrin se vio en una situación común a muchos hombres. Aunque había trabajado largas horas haciendo lo que la sociedad esperaba que, como padre, hiciese -es decir, mantener la casa-, su dedicación al trabajo se convirtió en un arma contra él mismo.

En un país que aún trata a los niños como premios que hay que “ganar” en los tribunales de familia y no como a seres humanos con derecho a una convivencia estrecha con sus dos padres, el hecho de que Darrin no hubiese pasado tanto tiempo con sus hijos como su esposa, ama de casa, se consideró razón suficiente para concederle a ella la custodia exclusiva.

A pesar de verse de pronto solo, obligado a abandonar su casa en menos de 48 horas, a pagar alquiler y honorarios de abogados y a perder turnos en el trabajo a causa de las comparecencias judiciales, Darrin hubo de soportar críticas por no pagar, durante ese caótico periodo,  la pensión alimenticia a su ex mujer (que, a diferencia de él, tenía derecho a asistencia social).

Quizás durante esas semanas, Darrin empezó a comprender hasta qué punto se había tornado vulnerable la relación con  sus hijos, de 5, 9 y 10 años (su hija mayor, de 14 años, fruto de otra relación anterior, vive con su madre en Saskatchewan. Quizás otros padres divorciados explicaron a Darrin cómo sus ex mujeres lavaban el cerebro de sus hijos hasta predisponerlos contra ellos, obstruían en completa impunidad el régimen de visitas ordenado por el tribunal y obligaban a los niños a llamar “papá” a cada una de sus sucesivas parejas.

No todas las madres divorciadas se comportan así, desde luego, pero son muchas las que hacen que tales temores resulten justificados. Sin embargo, la sociedad no prevé servicios para ayudar a unos padres amantes, responsables y traumatizados a superar tales tensiones. Los investigadores han constatado durante decenios que el divorcio es mucho más duro para los hombres que para las mujeres. Sabemos que los hombres que atraviesan por una ruptura matrimonial están expuestos a tasas de suicidio, enfermedad mental, trastornos de salud y accidentes muy superiores a las que afectan a las mujeres. Sin embargo, permanecemos indiferentes ante su angustia.

Durante el último decenio, como mínimo, se han producido en este país suicidios relacionados directamente con el severo trato que dispensan los tribunales y las autoridades a los hombres divorciados. Según afirma Peter Ostrowski, activista  de la Parent-Child Advocacy Coalition de Prince George, que trató de ayudar a Darrin durante las semanas inmediatamente anteriores a su muerte, los hombres como Darrin “no ven ninguna salida. Son una parte ignorada de la sociedad. Si son de edad avanzada y se encuentran en tales situaciones, desarrollan problemas de salud. Si son jóvenes, con frecuencia reaccionan con violencia contra otros o contra sí mismos.”

Ayer, en el funeral de Darrin, sus allegados repetían una y otra vez: “Su muerte fue tan innecesaria, tan inútil. Nunca debió haber ocurrido”.

Como dijo el padre Fernandes: “¿Qué vamos a hacer nosotros ahora?”

© Donna Laframboise (Artículo publicado en el National Post el 1 de abril de 2000. Traducido con permiso de la autora)

[Nota explicativa: Darrin White era un hombre sencillo de 35 años, padre de cuatro hijos, maquinista de tren. En enero de 2000 su matrimonio entró en la recta final. El 21 de febrero, el juez dio a Darrin un plazo de 48 horas para abandonar el domicilio familiar y le impuso el pago de pensión alimenticia para sus hijos y compensatoria para su ex mujer. La suma de ambas pensiones era casi el doble de sus ingresos netos. Sin embargo, su ex mujer era también maquinista y tenía plenas posibilidades de trabajar, a pesar de que durante los últimos cinco años había preferido desempeñar las funciones de ama de casa. Darrin se vio, como tantos miles de padres separados, convertido de la noche a la mañana en un paria sin techo ni hijos, obligado a trabajar para la mujer que le había quitado todo. La justicia le pareció una mascarada y su mundo se le vino abajo. Apenas tres semanas más tarde se ahorcó colgándose de un árbol en medio de un bosque.

Donna Laframboise escribió varios artículos sobre este caso, en los que vierte graves acusaciones contra el actual régimen de divorcio y contra el apartamiento y la marginación del padre separado. “A Darrin no le preocupaba la pensión para sus hijos. Lo que puso la soga en su cuello fueron los 1.000 dólares de pensión que el juez le ordenó pagar a su ex mujer, poseedora de las mismas calificaciones profesionales que él y sin razones que le impieran retomar su trabajo”, declaró a Donna Laframboise el presidente de la asociación local de padres separados, que atendió y trató de ayudar a Darrin en esa época.]

Donna Laframboise escribió durante años en el National Post, uno de los dos grandes diarios nacionales del Canadá, artículos muy críticos contra el feminismo omnipresente en la sociedad occidental.  Feminista ardiente en su juventud, poco a poco fue cambiando de actitud ante el feminismo radical, con el que llegó a ser muy crítica, aunque sin dejar por ello de ser fiel a los postulados de feminismo igualitario. Es autora del libro The Princess at the Window: A New Gender Morality [“La princesa en la ventana: una nueva moralidad de género”] (Penguin, 1996), cuyo título es una metáfora de toda la obra de Dona Laframboise.  Su significado se explica en un relato que sirve de introducción al libro. Una princesa vive permanentemente en una de las alas del castillo. Desde su ventana sólo puede contemplar una única perspectiva del paisaje.  Ese punto de vista exclusivo define todas sus ideas sobre el mundo.  Cuando, al cabo de varios años, se muda a otro lugar de su castillo y ve el paisaje desde una ventana distinta, abandona sus antiguas creencias y adopta la nueva perspectiva como fuente de la verdad.


http://www.azulfuerte.org/donna_03.htm

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