Siempre he considerado la salvaguarda de las relaciones afectivas entre abuelos y nietos después de un divorcio una cuestión de enorme trascendencia. Para un niño, probablemente tan sólo sus padres estén por encima de sus abuelos en la jerarquía del afecto, ya que éstos son auténticos libros vivientes que les transmiten conocimientos y les inculcan valores. Esta última función es especialmente importante en nuestros días puesto que, al pertenecer a una generación con menos fracasos conyugales, están en condiciones de ayudar tanto a sus hijos como a sus nietos a comprender algunos principios ya olvidados y, sin embargo, esenciales para disfrutar de una buena convivencia.
 
Desgraciadamente, las consecuencias de una separación o de un divorcio afectan también a la familia extensa y a otras personas que trascienden tanto a la pareja implicada como a los hijos que ésta tiene en común, ya sean amigos, vecinos o conocidos con quienes han compartido vivencias hasta el momento mismo de la ruptura. Por su especial relevancia me centraré en esa tercera edad que, en la actualidad, desempeña un papel casi irremplazable en el universo infantil y, a menudo, poco reconocido, pese a coadyuvar a que los progenitores trabajen fuera de casa. Los mayores se encargan frecuentemente de llevar y de recoger a los pequeños de guarderías y colegios, les dan la comida y hasta supervisan sus tareas y su ocio. En otras palabras, muchos de ellos están expuestos a diversas sobrecargas ocupacionales por mor de la nueva estructura social en la que estamos inmersos, dando lugar en ocasiones al fenómeno denominado “Síndrome del abuelo esclavo”.

Excesos aparte, su función en circunstancias normales debería ser la de correa de transmisión de la memoria y de la experiencia como mejor complemento educativo de sus propios hijos, aunque nunca reemplazando la misión de éstos como padres. Sin embargo, uno de los efectos más devastadores de los divorcios y las separaciones viene provocado por la decisión del progenitor custodio (todavía, mayoritariamente, la madre) de cortar o, en el mejor de los casos, reducir, la relación con sus suegros como medida adicional para enterrar cualquier vínculo con su pasado, de tal manera que no es infrecuente que impida a su ex familia política visitar a los más pequeños de la casa. Por lo tanto, la lista de víctimas de la nueva realidad se amplía sustancialmente y, mientras algunos juristas defienden el reconocimiento de los derechos de los abuelos, otros consideran esta opción como una intromisión y una dificultad añadida a la hora de cerrar las heridas abiertas tras la separación matrimonial. Así pues, la disparidad de criterios entre los propios profesionales está servida.

La naturaleza del conflicto es tal que dio lugar en el año 2003 a la elaboración de una ley específica que permite que los afectados puedan reclamar judicialmente un régimen de visitas con respecto a sus nietos, si bien conviene constatar que de poco ha servido la citada normativa, toda vez que la práctica judicial cede al progenitor custodio la capacidad fáctica de veto por la vía del incumplimiento del régimen de visitas, siendo contadas las ocasiones en que tales conductas son castigadas a pesar de estar tipificadas en el Código Penal.
 

Por enésima vez, se impone una reflexión seria y adulta sobre una problemática que incide tan directamente en el desarrollo psíquico y afectivo de niños y adolescentes. Es preciso realizar un esfuerzo por parte de los separados para, en la medida de lo posible, acercar posturas enfrentadas y centrarse en beneficiar sentimentalmente a todas las partes afectadas. Sustraer vías de cariño a sus hijos es hacerles un flaco favor y lo es también infligir un profundo sufrimiento a quienes han contribuido con ellos a su crianza desde la cuna. Es algo peor que la injusticia
Artículo publicado en La Opinión de Tenerife el 23 de mayo de 2014

Artículo publicado en La Provincia (Diario de Las Palmas) el 24 de mayo de 2014


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